08 julio, 2011

Lucha contra la muerte con el Ave María

Era en 1958, vivíamos en un barrio obrero: los fines de quincena eran duros. Ahora bien, esa tarde del 12 de julio la tristeza invadió mi hogar. Había acostado a mis dos niña: Jeanine de 28 meses dormía y Suzy de 17 todavía no. Estaba muy inquieta. De pronto, le aparecieron las convulsiones. Su cuerpecito todo se volvió rígido. ¿Qué hacer?

Llamamos al médico y pasó la noche con nosotros, sin ningún resultado positivo. Yo pensaba en invocar a la Santa Virgen pero no me atrevía. Tanto la había blasfemado…. Pues formaba parte de una secta que nos prohibía rezarle, hacer el signo de la cruz y entrar en una iglesia católica. Sin embargo, tenía algunos rudimentos de religión, pero poco claros, me preguntaba dónde estaba la verdad.

Me dirigí a Dios: “Tú que has hecho el cielo y la tierra, yo no conozco otra oración para los moribundos que el “Ave María”. ¿Me equivoco si acudo a Quien los católicos llaman la Virgen? ¡Señor, ten piedad de mí!
Comencé primero a decirla interiormente, después a media voz:”Dios te salve María”; mi desolación era extrema. Mi niña sobre la mesa completamente rígida, daba la impresión de estar “clavada”. Pensé en el crucificado “clavada como Jesús en la cruz”.

El doctor me previno que debía preparar el vestido para la niña. Yo estaba en un estado de angustia que no podía articular palabra, sólo el “Ave” entrecortado de Padrenuestros y de invocaciones: “Salva a mi hija”. Me aferraba al “Ave María” como a única tabla de salvación.

Fue entonces que en espíritu seguí el vía crucis (que me había impresionado cuando hice el catecismo). Veía a Jesús flagelado, caer sobre el camino pedregoso. Estaba tan concentrada que me parecía oír una mujer que lloraba y me decía: quién puede llorar así si no una madre que ve morir a su hijo. Y reviviendo en mi pensamiento la escena del Calvario, comprendí el dolor de María, crucificada junto con su Hijo, pero aceptando de entregarlo por la salvación de los hombres. Yo no hubiese dado mi hija para salvar una sola vida.

Comprendí que María lloraba por mí, por mi niña, por todos nosotros, y que ella intercedía con la fuerza de sus lágrimas. Entonces comprendí mi propio sufrimiento para decirle a Jesús: “Señor, ten piedad de tu madre”.
Éramos cuatro alrededor de la niño moribunda. El médico contaba los latidos del pulso cada vez menos imperceptibles. De pronto, tuvimos la impresión de que una presencia vivificante, nada exterior, sino la certeza de que una intervención sobrenatural nos asistía.

Yo llamé a mi marido, cuando ya todo parecía tocar fin. Si crees en algo reza un Ave María, le dije. Él juntó las manos sin decir nada. De pronto, la pequeña recuperó la conciencia, las extremidades rígidas se distendieron, abrió los ojos, ahora llenos de vida y el médico gritó "¡Es un milagro. Un milagro!"

Apenas le comenzaron las convulsiones yo había ido a buscar donde la vecina una estatuilla de la Virgen milagrosa que le puse debajo del cuello a la pequeña. La crisis le pasaba. La niña arrancada a la muerte estaba en vías de curación y desde ese día una estatua de Nuestra Señora se encuentra en la sala de estar.

Yo me retiré de la secta que frecuentaba y poco a poco encontré el camino de la Iglesia católica y de la fe verdadera en la cual eduqué a mis hijos y conocí los beneficios del rosario, sobre todo después de que comprendí sus misterios. Cómo quisiera deciros a gritos el poder de la Madre de Dios y ante todo el Ave Maria para su Corazón maternal que ha conocido tanto dolor. Es lo más poderoso que hay para socorrer nuestras desgracias.

La llamada del Corazón Doloroso e Inmaculado, n° 60 Citado en el Compendio Mariano N° 11, 1979


La Gracia que recibimos en el bautismo no se pierde aún cuando nuestra fe, se enfrie, aunque dejemos de invocar la asistencia de nuestra Madre, ella junto a su hijo siempre esta a la espera, de que volvamos.

1 hacen florecer:

  1. BUENOS DIAS MI HERMANO,ME DEJA SIN PALABRAS TU ENTRADA, CONMOVEDORA, DESDE JAEN TE DESEO UNA FELIZ SEMANA

    ResponderEliminar

Gracias por Visitar Santisiembra, Bendiciones