Un joven ingeniero se acercó un día al más viejo campesino del lugar, don Laureano y le preguntó: "¿Has visto, Laureano, mi campito? - Si, ¿cómo no lo voy a ver? - contestó el viejo-
- Y bien, don Laureano, yo le quería preguntar una cosa: ¿Usted cree que este campito me dará buen algodón?
-¿Algodón, dijo, patroncito? - No, mire, no creo que este campo le pueda dar algodón. Fíjese los años que yo vivo aquí, pues nunca vi que este campo diera algodón.
- ¿Y maíz? - insistió el joven- ¿Usted cree que me puede dar maíz? - Maíz dijo, patroncito? No, no creo que le pueda dar maíz. Por lo que yo sé, ese campito lo más que puede dar el algo de frutita de monte. Pero maíz no creo que le dé.
Cada vez más desconcertado, nuestro joven ingeniero insistió aún: - ¿Y soja? ¿Me podrá dar soja el campito?
- ¿Soja dijo, patroncito? Mire, no le quiero macanear. Yo nunca he visto soja en este campito. Ya le digo: lo más, algo de pasto, un poco de leña, sombra para las vacas y alguna frutita de monte, no más.
Y el joven ingeniero, cansado de recibir siempre la misma respuesta, esta vez ya no preguntó. Y dijo:
- Bueno, don Laureano, yo le agradezco todo lo que me ha dicho. Pero, de todos modos, quiero hacer una prueba. Voy a sembrar algodón en el campito y vamos a ver lo que resulta.
Y fue entonces cuando vio que el viejo levantaba los ojos y con una media sonrisa en los labios le decía: -Hombre, claro, patroncito, si se siembra... si se siembra es otra cosa.
Martín Descalzo prebistero
La realidad que nos circunda es tal que son incontables las noticias que día a día reportan los noticieros. Nuestro entorno resulta como este enorme campo que esta a la espera de que se haga algo por él.
Esta fábula me hace pensar en el trabajo apostólico y en el temor que tienen muchos como Don Laureano de embarcarse en la aventura de sembrar.
La única manera de que el campo desarrolle sus potencialidades es sembrando. No podemos pretender que las cosas funciones, si antes no las hacemos funcionar, si nos desanimamos antes de empezar. Debemos tener el valor de lanzar la semilla con la confianza en que Dios hará florecer.
Allá fuera hay un gran campo que espera a que cada uno se atreva a convertir sueños en realidades, espera a que trabajemos sin cansancio por una vida mejor y distinta, asumiendo dignamente las consecuencias de aquello que el campo por si solo alcanzo a darnos.
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